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Vacaciones en el Algarve (I)

Portimao Beach, Algarve. Image by Dosenruta

Tenía pendiente esta entrada, contando un poco por encima nuestras recientes vacaciones en el Algarve. Voy a dividirla experiencia en varias entradas, porque sino esto va a ser de un tostón que no tiene nombre. Vamos al tema.

Lo que tenían de especial estas vacaciones, además de que fuimos con Ángel y Ana, era el hecho de que eran las primeras que hacíamos con nuestro pequeño polluelo. Su primer viaje extra-largo (porque anteriormente ya había hecho uno largo para visitar a sus abuelos), que soportó como un campeón.

La cronología de la aventura fue la siguiente: partimos de la capital de España el día 18 de julio pasado, a eso de las 08.30 de la mañana, con dirección a Portugal. Habíamos quedado con Ángel y Ana en que sobre las 09.00 nos llamaríamos desde la primera gasolinera que encontráramos para reunirnos allí. Charlita rápida y vamos al coche que nos esperan más de 800Km de viaje.

María y yo teníamos recuerdos poco agradables de nuestro último viaje a Portugal en lo que a carreteras se refiere, pero la verdad es que esta vez todo iba como la seda. Todo autopista desde que entramos en el país vecino por Badajoz hasta llegar a nuestro destino, Lagos. A todo esto, hay que decir que yo no las tenía todas conmigo, porque el sitio al que íbamos no admitía reserva y aunque Ana dijo que le habían dicho el día anterior que no habría problemas para hospedarnos, yo tenía la mosca cojonera detrás de la oreja.

Realizamos nuestra entrada en la pequeña ciudad de Lagos a eso de las 18.30, y tras dar unas cuantas vueltas en las que pudimos comprobar que los dos Tom Tom que llevábamos son bastante “tomtones” y nos ponían a dar vueltas sin parar, María hizo gala -una vez más- de sus capacidades de GPS humano y dijo “dejadme a mi, que creo que sé como llegar”. Dicho y hecho. Comienza a indicarme por dónde ir a la vez que me comentaba algo así como “es por aquí, que recuerdo esto de haberlo visto en Google Maps“. Telita marinera. A veces me das miedo, cielo.

Poco después llegamos a nuestro destino, el camping Turiscampo. Aparcamos en el “checking parking” y se bajaron las chicas (por eso de que son la cara amable) para hacer las gestiones. Cinco minutos después regresaron con unos mapas del recinto, diciendo que teníamos que entrar y ver que parcelas nos interesaban.

Manos a la obra. Sacamos al peque de la silla de coche y empezamos a ver qué parcelas había libres. Las chicas por un lado, y los chicos (Ángel, Adrián y yo) por otro. Las que íbamos viendo nuestro equipo de buscadores daban un poco de miedo. Estaban alejadas de la piscina y el restaurante del recinto, y además no tenían árboles, con lo que la solana que nos esperaba de plantar la tienda en una de esas sería para recordar.

Afortunadamente, las chicas saben buscar mejor que nosotros, y localizaron una parcela muy buena entre árboles, así que decidimos que montaríamos las dos tiendas juntas, y en otra parcela cercana, que estaba menos arbolada, dejaríamos los coches.

Sacamos las tiendas de los maleteros, y empieza la aventura. Entre los cuatro, sacamos primero nuestra tienda (27Kg pesa la condenada) y empezamos a estirarla en el suelo, decidiendo que sólo montaríamos dos habitaciones de las tres disponibles. Palitos desmontables, vientos, estas tiras van aquí… vamos con las piquetas. ¡Joder! ¿Una tienda de más de 300€ y no trae un puñetero martillo de goma para clavar las piquetas al suelo? Señores de Decathlon, muy mal.

Bueno, parece que con unas piedras que nos encontramos por allí, la cosa va bien… hasta que llegamos a la zona Murphy. Cuando se monta una tienda de campaña siempre hay una zona que se adscribe perfectamente a lo que ese señor Murphy dispuso en sus famosas leyes y que complica su montaje. En nuestro caso, era la sujección de la parte de la tienda que sería nuestro dormitorio al suelo.

Parece ser que todo el camping es de tierra blandita, salvo esa zona de 2×2 metros en dónde teníamos que poner las piquetas para terminar de montar la tienda, que era de granito o de diamante o de ve tu a saber que, porque las piquetas no había forma de clavarlas. Venga a darle con la piedra, Ángel sujetaba y yo a darle de ostias, y aquello que no entraba ni a tiros.

La cosa se parecía que iba a mejor, cuando unos amables vecinos nos prestaron su martillo de goma para poder seguir el trabajo. Ni por esas. La puerta del infierno debía estar allí abajo, y bien sellada, porque no había forma de clavar aquello. Id montando vosotros la vuestra (les dije a María, Ángel y Ana), que por mis cojones clavo esto aquí. A testarudo y cabezón no me gana ni Pepe Navarro.

Piedras para que la piqueta no se moviese, y brazo en posición. Pim, pam, pim, pam. Mientras la tienda de Ángel y Ana se iba montando -tras un fallo inicial en el montaje de las habitaciones, que se pusieron del revés-, yo sentado en el suelo dále que te pego al mini-martillo que nos habían dejado. Finalmente, y tras más de media hora, consigo que aquello entre un poco. A ver si va a salir de aquí gas o petróleo, pienso. Pero no, parece que he atravesado la puerta del infierno, o la placa de granito, y la piqueta entra finalmente hasta el fondo. Que alegría… me queda otra igual para nuestra tienda, y una más para la de Ángel y Ana. La puerta del Averno es grande y llega a su zona.

A eso de las 21.30 ó 22.00 horas terminamos de montar el campamento base, y nos dimos cuenta de que teníamos un hambre de lobo. Vamos al restaurante, que se van a enterar aquí de lo que vale un peine.

Es viernes. “Noite flamenca. Buffet grelhado”. Agárrate a los machos. Once euros por cabeza con derecho a ensaladas de todo tipo, y churrasco a cascoporro, esto debe ser una equivocación… pues no lo era. Pena que Murphy siguiese en el camping, y que por su culpa quedasen pocas ensaladas. Afortunadamente todavía quedaban costillas, chuletas, pollo, salchicas y chorizo… el chorizo del diablo. Eran pequeños, pero como picaban los condenados. Solo mirarlos en el plato te saltaban las lágrima de los ojos. Qué quemazon. Qué calores que te entraban.

Terminamos con unos heladitos de “ananás”, “limão” y no sé que más. El espectáculo flamenco indescriptible. Solo los ingleses, franceses, alemanes y holandeses eran capaces de apreciar el arte de esos dos tipos acompañados de dos bailarinas que había en el escenario. Indescriptible el baile de algunos guiris igual que indescriptible el vestido rojo de una ¿holandesa? ¿alemana? que había por allí… los sujetadores no deben existir en esos países, a pesar de que esa señora hacía muchos años que le hacía falta uno. Nos quedamos todos -incluido el pequeño Adrián- con la boca abierta.

Las 23.30. Hora de acostarse, que mañana va a ser el primer día de playa y la cosa promete. Dimos de cenar al pequeñín y nos fuimos todos al sobre.

Aquí termino la primera parte de nuestra aventura vacacional. Mañana más.

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